Cartas de la Biblioteca

"Cartas desde la biblioteca" recoge una serie de notas escritas por Edgardo Civallero, coordinador de la biblioteca y el archivo de la Fundación Charles Darwin.

En ellas se exponen y comparten fragmentos de algunas de las muchas anécdotas, curiosidades y remembranzas que han ido quedando almacenadas, a lo largo de 60 años, entre cajas, estantes y papeles viejos. Todas ellas, incluso las más pequeñas, son parte esencial de la identidad y la memoria social de la FCD, y componen uno de los ejes de la historia de la ciencia y la sociedad en las islas Galápagos. Una historia construida paso a paso y detalle a detalle.

Sacar la diapositiva de la hoja plástica, que almacena en orden otras diecinueve. Echarle un vistazo a las notas apiñadas en los bordes del marco plástico (o de cartón, o de vidrio, o de metal), a veces garrapateadas directamente sobre el material, a veces escritas sobre etiquetas que a duras penas se sostienen allí, a veces mecanografiadas en pedacitos de papel pegados con cola o con una cinta adhesiva que ya tiene un preocupante color marrón...

La figura de Charles Darwin —la del Darwin científico, pero también la del pensador, la del creyente, la del ciudadano— lleva más de un siglo llamando la atención de especialistas y profanos por igual. No en vano sus ideas revolucionaron el pensamiento académico decimonónico, y aún hoy continúan provocando debates e inspirando estudios y avances en numerosos campos y disciplinas.

Uno va pasando el dedo por los lomos de los documentos que componen la colección de la Biblioteca de la FCD y se encuentra con un pequeño caleidoscopio lingüístico. Además del inglés y el castellano, los idiomas mayoritarios, muchos otros han hecho nido entre los viejos estantes de madera: desde el mandarín, el japonés y el coreano al ruso, el sueco y el alemán, pasando por el francés, el italiano y el holandés.

E incluso un par de lenguas indígenas.

El diario de Georgina

El cuadernito estaba envuelto en un cartón celeste, pulcramente plegado a modo de protección. Ahí, en el interior de esa suerte de caja, se había mantenido invisible por años. Nadie parecía haberlo pedido para consulta en sala, de forma que su tranquilidad no se había visto turbada en absoluto. Dormía el sueño de los justos, plácidamente, en el rinconcito de uno de los estantes de madera de la biblioteca que alguna mano amiga le había asignado en suerte. Supongo que por eso, por esa falta de visibilidad, había logrado eludir mis radares.

El hombre, entrado en años pero con una vitalidad que ya querrían para sí muchos veinteañeros, caminó con nosotros el trecho que separa la biblioteca de la FCD de la entrada a la "Playa de la Estación". Estábamos entrevistándolo para nuestro programa de historia oral. Durante todo el trayecto fuimos charlando de tiempos idos, de gente que ya no está, de sucesos que quedaron grabados únicamente en algún rincón de su cabeza ya cana, de cosas dichas y hechas, de aventuras y desventuras, y de recuerdos a veces borrosos, otras no tanto.

El Archivo de la FCD tiene una sección audiovisual que, aunque no es extensa, es rica en contenido. Se trata de una colección que incluye cientos de fotografías, diapositivas de todas las épocas (con marcos de vidrio, metal, plástico y cartón), negativos e impresiones de negativos, películas y vídeos en todos los formatos producidos por la industria -incluyendo algunos rollos del tristemente famoso nitrato de celulosa-, casetes de audio y los soportes magnéticos y ópticos más familiares a las nuevas generaciones: disquetes, discos ZIP, CDs y DVDs.

A veces me cuesta entender la letra. Echo mano de mis oxidados conocimientos de paleografía, pero ni así. Y es que algunas de las caligrafías que tapizan — como una alfombra de apretados garabatos — las páginas del manuscrito que estoy trascribiendo semejan jeroglíficos, o algunas de esas exóticas escrituras aún por descifrar: esas que solo sus escribientes son capaces de entender.

La historia de la lectura en el baño aún debe ser escrita.

Y hablo de "historia" porque asumo que desde aquel pretérito y glorioso momento en el que el ser humano inventó el inodoro —o algún artilugio similar en el que sentarse para...— surgió la necesidad de leer. Para pasar el rato, nomás. Me animaría a agregar que, mucho antes de eso (o quizás en paralelo), los materiales de lectura empleados como entretenimiento durante ese proceso fisiológico tan natural tuvieron un uso complementario como elementos de higiene personal. O, al menos, eso es lo que cuenta la tradición oral.

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