Cartas de la Biblioteca

Con un lobito marino en el regazo

Es un verdadero caleidoscopio de formatos: el paraíso para un bibliotecólogo interesado en conocer cómo fueron evolucionando los medios a través de los cuales los seres humanos hemos ido intentando salvar recuerdos del olvido y traspasar información a las siguientes generaciones. Después de todo, eso es lo que los bibliotecarios, archiveros y profesionales relacionados hacen para ganarse la vida.
De entre todos los documentos del aún incompleto inventario del archivo audiovisual, los que llaman más la atención y provocan el interés de propios y ajenos son los más antiguos. Quizás porque rescatan de las fauces del tiempo hechos, paisajes y personas de los que difícilmente queden más rastros que aquellos que sobrevivieron plasmados en estos materiales.

La colección de fotos más antigua del Archivo de la FCD es, hasta ahora (y digo "hasta ahora" porque seguimos abriendo cajas y descubriendo cosas semana tras semana), el llamado álbum "Nourmahal", una colección de fotos impresas en papel y tomadas en 1930.

La Internet nos dice que el USS Nourmahal era un barco de unos 80 m de eslora, construido en 1928 como yate de recreo para el multimillonario estadounidense Vincent Astor en los astilleros Krupp de Kiel, Alemania. Fue el tercer yate de la familia Astor que llevó ese nombre (que en hindi significa "Palacio de la Luz" y pertenece a la heroína de un poema incluido en Lalla Rookh, una novela de Thomas Moore de 1817). La portada de la Revista Time del 6 de febrero de 1928 lo proclamó el mejor barco de su época. En 1940 la embarcación fue adquirida por la Guardia Costera de los Estados Unidos por un millón de dólares, y en 1943 se convirtió en una cañonera para hacer frente a la Segunda Guerra Mundial. Por suerte para ella, jamás precisó entrar en combate. En 1946 fue decomisionada, y en 1948 se la abandonó. Su historia terminó en 1964, cuando fue vendida por 27.000 dólares y desarmada.

Entre 1928 y 1942, más allá de los usos puramente recreativos, el barco fue utilizado con fines filantrópicos, incluyendo el de servir como medio de transporte a varias expediciones naturalistas. Concretamente, entre el 23 de marzo y el 2 de mayo de 1930, Vincent Astor llevó a un grupo de científicos estadounidenses a Galápagos en un viaje para recoger muestras biológicas. Los investigadores pertenecían al Acuario de Nueva York, al Museo Americano de Historia Natural y al Jardín Botánico de Brooklyn. El álbum "Nourmahal" muestra detalles de esa travesía, vistas panorámicas de la exuberante naturaleza boscosa de la parte alta de la isla Santa Cruz y momentos de la identificación, recolección y manejo de los especímenes.

Y entre ellos, una foto curiosa es la que comparto aquí: un marinero con una cría de lobo marino en su regazo. La imagen llama la atención sobre la forma en que se trataba a la fauna silvestre isleña en aquel entonces. Un trato que se prolongó hasta tiempos recientes y que se reflejó en otras fotografías, mucho más cercanas cronológicamente, y que también se conservan en nuestro Archivo.

En su conjunto, el álbum "Nourmahal" es un valioso material histórico que documenta prácticas académicas y científicas, frutos de su época, que hoy generarían al menos cierto debate, aunque dicha obra compone el fundamento de lo que hoy se conoce sobre Galápagos. Desde la óptica actual, muchas de las expediciones científicas de aquellos tiempos llevaron a cabo un verdadero saqueo de la biodiversidad de Galápagos.

Personalmente, cada vez que le echo un vistazo a la foto dejo de lado los asuntos académicos o las disquisiciones éticas y termino preguntándome quién sería aquel marinero, qué sentiría al cargar al lobito en su regazo, o cuál sería el destino de aquel animal.

Pues las imágenes que conservamos en bibliotecas y archivos tienen la capacidad de enviarnos a otros tiempos y lugares, en una experiencia personal e íntima de "viaje al pasado". La magia de esos pequeños fragmentos de memoria e historia —encapsulados sobre un papel o un cuadradito de película fotográfica— radica en que, como si fueran ventanas, nos permiten conectarnos directamente con aquel momento ya ido y con sus protagonistas. Con un mínimo esfuerzo de la imaginación, y si nos dejamos llevar, nos permiten incluso sentirlos cerca, respirar el aire que respiraban, oír sus voces...

Y eso incluye a ese marinero que trabajó en uno de los mejores yates de su época y llegó a las Encantadas a principios del siglo pasado, y a un pequeño lobo marino de Galápagos que fue arrancado de sus islas natales para afrontar un viaje sin retorno y con un destino incierto.

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